29 de enero de 2011

En busca del cielo - Cuento corto

"Allí en lo alto, donde brilla el cielo en la oscura noche. Donde el único sonido audible es el rugido de la madre. Allí me encontrarás."

Entonces cerraste los ojos. Y yo abrí los míos. Confusa en mi inocencia, te vi alejarte. Quise seguirte pero ella me abrazó. Lloraba y susurraba tu nombre. Tus enigmáticas palabras resonaban en mi cabeza y no entendía esa enorme sensación de vacío. No entendía el dolor. Sólo era capaz de entender tus brazos rodeándome con fuerza, jugando con mi cabello y riendo con las cosquillas que mis manitas te provocaban.

Salíamos en la noche y dormíamos en el bosque. Me enseñaste los curiosos nombres de las estrellas y se convirtieron en mis guías. El cielo nocturno cubierto de estrellas se transformó en el lienzo donde dibujábamos nuestros sueños, el escenario donde todo era posible. Y una noche en que paseábamos por un lugar muy alto, vimos brillar el cielo a lo lejos. Sonreías y la mirada se te extraviaba. Siempre deseabas tocar el cielo. Anhelabas habitar entre las nubes y poder tocar las estrellas. Vi admiración en tus ojos y aprendí a maravillarme con el cielo infinito que nos echa encima su furia.

Los árboles parecían a punto de ser desprendidos del suelo y se doblaban casi hasta tocar la tierra. Las gotas frías mojaban mi carita tensa, lo único cálido era tu mano aferrando fuertemente la mía, arrastrándome por el oscuro e inquieto bosque, buscando refugio de la ira de la madre. En una cueva oscura nos protegimos. Lloraba por el miedo, por la confusión. Pero tu sonreías. Mirabas la tormenta embelesado, ausente de todo. Me estrechabas con fuerza entre tus brazos, y mirando tu rostro relajado me dormí.

Todo mi miedo volvió cuando ella te gritaba. Te regañaba cruelmente y tú sólo atinabas a bajar la mirada. A veces hablabas lentamente, pero sólo lograbas que ella se enfurezca más. Yo podía llegar a adorar toda la furia de la madre, pero la de ella jamás. Su furia era crueldad. Era el miedo que provocaba en mi. Era la angustia que cargabas en tu rostro.

Y un día, me dijiste esas palabras que nunca dejé de oír en mi mente. Nunca volvía a saber de ti. Un día, decidí dejar mi existencia estática y comencé a buscarte.Allí donde la tierra parecía unirse con el cielo. En ese infinito e inalcanzable horizonte. Donde las montañas se pavoneaban entre las nubes. Veía el cielo estrellado brillar orgulloso, pero la madre siempre estaba calma. Una y otra vez mis solitarias noches se repetían, pero yo no lograda dar contigo. No lograba dar con la paz.

Un frío día, cerca de una blanca y muy alta montaña, vi una tormenta aproximarse. A salvo en una cálida posada, vi un brillo diferente en la eterna noche. Recordé ese día contigo en el bosque. Las estrellas se ocultaban temerosas y la tempestad oscurecía el cielo. La madre rugía y sus gritos resonaban en el cielo, el cielo brillaba con sus latigazos. Ante su imponente furia, todos se encogían de terror. Pero en medio de ese caos, yo sentí alivio. En la oscura habitación, iluminada por la furia de la noche, comprendí al fin tus palabras.

Fui sola, ya que nadie se atrevió a acompañarme. Me dijeron cosas desagradables a las que hice oídos sordos. Tomé mi mochila y fui a buscarte allá en lo alto, donde brillaba el cielo en la oscura noche. Donde el único sonido audible era el rugido de la madre. Allí te encontraría.

Sufrí en el ascenso, pero la recompensa merecía eso y mucho más. Agotada, con el frío calándome hasta los huesos y arrastrándome en la nieve bajo la furiosa tempestad, llegué junto a un solitario árbol que exhibía sus ramas desnudas junto a unas piedras que formaban una pequeña cueva. Mis gemidos enmudecían ante el rugido de la madre y las luces estaban cerca, demasiado cerca. Me debilitaba cada vez más y decidí descansar. Allí, en medio del caos, desfalleciendo por mi intrepidez, sentí la paz que toda mi vida había buscado.

Acurrucándome en la cueva con una débil sonrisa en los labios, sentí algo puntiagudo que sobresalía de la nieve. Con las pocas fuerzas que me quedaban desenterré. Era una caja de metal, que contenía papeles y algunos objetos pequeños. Entre las luces intermitentes reconocí tus trazos. La madre me iluminaba y pude leer tus palabras. Lloré por vez primera desde que te marchaste. Finalmente te había encontrado. Cerrando los ojos, sonriendo de felicidad, dejé que la madre me envolviera en su eterna caricia.


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