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15 de junio de 2014

No te enamores

















No te enamores de una mujer intuitiva
Ella sabrá al instante si mientes, si eres falso o si ocultas cosas.
Ella leerá en tus ojos el miedo y olfateará tu duda.
No te enamores de ella si no quieres ser descubierto.
Ella podrá, con una profunda mirada, ver en lo profundo de tu corazón,
y leerá tus sombras más oscuras y tus terrores más feroces.

No te enamores, porque ella no se intimidará ante tus demonios.
Ella se conoce muy bien, su intuición es una puerta amplia y ella conoce su interior.
Ella baila con sus propias sobras y charla con sus más oscuros miedos.
Es amiga de sí misma y no teme observarse desnuda de alma en el espejo.

No te enamores de esa mujer intuitiva cuya mirada dice todo y nada,
de esa mujer que brilla desde lo profundo y habla con una voz antiquísima.
Sus ojos ven mucho más allá que los tuyos,
ella sabe reconocer lo real de lo falso.

No te atrevas a enamorarte de una mujer intuitiva.
Ella sentirá y aceptará lo profundo de tu alma,
y ella será capaz de amarte desde los huesos,
con un amor pausado y sincero, sanador y real.
No te atrevas a enamorarte si tus miedos te dominan,
si tu cobardía te impulsa a huir,
si usas tus heridas como excusas para no amar,
si tu corazón está cubierto de hielo y no lo quieres derretir.

No te atrevas a enamorarte de una mujer intuitiva,
si no eres capaz de aceptar su grandeza de alma,
si no eliges liberarte de tus miedos y amar,
porque una vez que te enamores y huyas despavorido
pasarán muchos años antes de darte cuenta
de que has perdido, quizá, la oportunidad más hermosa de conocer el verdadero amor.

8 de septiembre de 2010

Charles Bukowski - Freedom



El tomó vino toda la noche, aquel 28,
y seguía pensando en ella;
la manera en que caminaba y hablaba y amaba
la manera en que le dijo cosas que le parecían verdad,
pero no lo eran, y el conocía el color
de cada uno de sus vestidos,
y sus zapatos, el conocía la parada y la curva de cada taco,
tan bien como las piernas a las que le daban forma.

Y ella había salido otra vez cuando el llegó a casa, y
volvería con ese especial hedor, otra vez
y así fue.
Ella llegó como a las tres de la mañana
inmunda como un cerdo comemierda,
y el agarró el cuchillo de carnicero
y ella gritó,
retrocediendo contra la pared de la pensión
todavía bella de algún modo,
a pesar de que el amor se esfumaba.

Ese vestido amarillo,
su favorito,
y ella gritó de nuevo.

Y él agarró el cuchillo
se desabrochó el cinto,
se arrancó la ropa delante de ella,
y se cortó las bolas.

Y las tuvo entre sus manos,
como nueces
y las dejó caer en el inodoro
y tiró la cadena.
y ella seguía gritando,
mientras la habitación se ponía roja
OH DIOS!
QUÉ HAS HECHO?
Y el se sentó ahí,
sosteniendo tres toallas entre las piernas
no importándole ya si ella se iba o se quedaba
si se vestía de amarillo o de verde
ni ninguna otra cosa.

Y mientras con una mano sostenía las toallas,
levantó la otra y se sirvió otro vino.